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Descendiendo desde el
Gran Meteoro, nos topamos con el monasterio de Varlaam o de Todos
los Santos. Se eleva a una altura de 373 metros sobre el suelo. Fue
reedificado sobre las ruinas de un monasterio anterior por los
hermanos Nektarios y Teofanis, en el año 1518. |
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A continuación, el
monasterio de Roussanou o de Santa Bárbara, que desafía con osadía
al abismo con una construcción imposible, coronando la cúspide
esbelta de una roca en el centro del territorio. Como el de Varlaam,
Roussanou fue reedificado sobre las ruinas de un monasterio
primigenio , en este caso por los hermanos monjes venerables Josafat
y Máximo en el 1288 d. C. |
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Prosiguiendo nuestro
recorrido nos acercamos al monasterio de Agia Triada o de la Santa
Trinidad. Existen diversas hipótesis acerca de la antigüedad de la
construcción , sin embargo, la tradición sostiene que se necesitaron
70 años para acarrear los materiales de construcción hasta el tope
del peñón e iniciar así las obras. Sea como fuere, lo formidable del
enclave donde está levantado Agia Triada nos sobrecoge. Como si de
un fenómeno celeste se tratara, parece querer arrancarse de la
tierra para alcanzar, majestuoso, el cielo. Es el triunfo de la
ilusión óptica que confunde lo real con lo irreal. Y por fin, el último de
los monasterios habitados es el de Agios Stefanos, o San Esteban. Un
puente estable de 8 metros de longitud conduce de forma cómoda y
segura a la puerta del monasterio. Sobre el portón de entrada del
edificio una leyenda certifica que la construcción de esta vieja
fortaleza se remonta al año 1192. En el interior del monasterio,
habitado por religiosas desde 1961, hallamos dos iglesias. La
primigenia capilla de San Esteban, consagrada al protomártir de la
cristiandad, con frescos que datan del ano 1501, si bien algunos de
ellos presentan daños como consecuencia del agravio cometido por
algunos hombres durante la guerra civil que enfrentó a la sociedad
griega entre los anos 1944 y 1949. |
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A escasa distancia se
encuentra la mas moderna iglesia de Agios Jarálambos, cuya
construcción comenzó en el 1978. En su interior, la magnificencia y
el colorido de las pinturas ofrecen una imagen viva de la estancia,
con efigies de santos guerreros, temas simbólicos inspirados en la
naturaleza, e incluso una miniatura de San Jorge y el dragón, así
como otros motivos de gran valor. Al salir del monasterio,
uno se queda embelesado contemplando la inmensidad de la llanura
tesalia, surcada por una serpiente fluvial, el mítico río Peneo, que
se enrosca y desenrosca tendido sobre los campos, bajo la mirada
imponente de las montanas Koziakas. Era el Peneo un río al que los
antiguos griegos adoraban como a un dios, un río inundado por el
mito. Cuenta la leyenda que fue en sus orillas donde Cirene, quien
se encontraba apacentando los ganados de su padre Hipeo, fue raptada
por el dios Apolo. Es también el Peneo padre de la ninfa Dafne,
quien se convirtió en laurel para escapar del abrazo, de nuevo, del
caprichoso Apolo, motivo por el cual la divinidad llevaría siempre
una corona de laurel en recuerdo de su amor perdido. Y así se
suceden las citas mitológicas que tienen como protagonista las
mágicas aguas del Peneo. ¡Qué tiempos aquellos, en los que los ríos
eran dioses! |
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